Sin dudas sabía lo que hacía, incluso cuando improvisaba. Cuando dejaba el libreto y se ponía a improvisar, nunca olvidaba sobre que conflicto tenía que improvisar con cada personaje.
Era un número 10 adentro de la cancha, un conductor del juego. Pasaba la pelota y cada vez que podía hacía una gambeta o pateaba al arco. No era egoísta porque en la cancha el 10 o el capocomico creaba buen juego.
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